Algunos mitos y realidades sobre bombillas que debes conocer

El mundo de las bombillas no está exento de mitos y leyendas, algunos de los cuales parten de una base real mientras que otros son completamente falsos e infundados.

Más allá de la mera curiosidad, conocer la verdad sobre estos mitos y diferenciarlos de la realidad puede afectar de un modo muy directo sobre su correcto uso, mejorar su rendimiento y reducir los peligros que entraña la manipulación y la gestión residual de algunos tipos de bombillas, tanto para las personas como para el medio ambiente.

Consumos

Si en algún aspecto cabe resaltar algunas de las grandes leyendas que existen entorno a las bombillas, este es sin duda el asunto del consumo.

Se ha escrito mucho acerca de la potencia y el consumo medio que presenta cada tipo de bombillas, algo que está perfectamente calculado y especificado por normativa en los respectivos envases, por lo que pocas dudas o confusiones caben al respecto en este sentido. Sin embargo, en función de estos parámetros (potencia y consumo) se han sacado algunas conclusiones que en algunos casos han sido algo precipitadas y, en algunos otros, absolutamente desleales con la realidad.

 

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Antes de entrar en detalles, veamos una tabla comparativa de la potencia eléctrica, entre 25 W y 125 W, de algunos de los tipos de bombillas que hemos comentado en otros posts.

 

Incandescentes

25 W

40 W

60 W

75 W

100 W

125 W

Compactas

5 W

8 W

12 W

15 W

18 W

25 W

LED

4 W – 9 W

6 W – 12 W

5 W

10 W

12 W

15 W

 

Según esta tabla (y otras similares que podemos encontrar fácilmente en otras guías y manuales), resulta evidente que las bombillas LED son las más eficientes en la relación directa consumo-potencia, y que las bombillas incandescentes son claramente las menos eficientes en este mismo sentido. No obstante, algo que frecuentemente se obvia es que las bombillas incandescentes convierten en luz aproximadamente el 15 % de la energía que consumen, y en calor aproximadamente el resto de la energía consumida (el 25 % de un modo directo, y cerca de un 60 % mediante conversión previa en luz ultravioleta e infrarroja), con lo cual, en invierno o durante los meses fríos, la eficiencia total (emisión de luz + calor) de las bombillas incandescentes supera con creces la de otros tipos de bombillas, como las compactas, sobre todo cuando se usan en espacios reducidos y en lámparas de cercanía (mesitas de noche, escritorios, etc.).

Con todo y pese a ello, la Unión Europea ha puesto fecha de caducidad a la fabricación y la comercialización de bombillas incandescentes, terminando con casi 140 años de historia. Y es que las cifras, estimadas en conjunto, no dejan lugar a dudas: sustituyendo las bombillas incandescentes por otras, como las bombillas de LED, se dejarían de verter a la atmósfera cerca de 20 millones de toneladas de CO2 al año, una cifra por supuesto nada despreciable y que permitiría cerrar para siempre algunas de las centrales eléctricas más contaminantes y obsoletas.

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Peligros y riesgos de contaminación

Claro que lo anterior está directamente relacionado con los peligros y los riesgos de contaminación asociados con el consumo de cada tipo de bombilla, pero por supuesto no es lo único que debemos tener en cuenta.

Todos los tipos de bombillas presentan algún que otro peligro, por pequeño que sea, para las personas y el medio ambiente, aunque algunos sobresalgan por encima de los demás. En este sentido, cabe destacar la facilidad con la que las bombillas incandescentes se pueden romper y fracturar, sobre todo cuando se manipulan en caliente. Esto, sumado a su alto consumo y baja durabilidad, las convierten en las menos aconsejables de todas.

No obstante, los demás tipos de bombillas no están exentos de riesgos: los fluorescentes (tubulares o compactos), por ejemplo, entrañan grandes riesgos para la salud y el medio ambiente debido al vapor de mercurio que contienen; las bombillas halógenas, con menos sustancias contaminantes que las anteriores, alcanzan altas temperaturas durante su uso, hecho que obliga a tomar serias precauciones a la hora de manipularlas en caliente (pueden causar quemaduras de consideración), además de la fragilidad del cuarzo vitrificado con el que se fabrican, algo que obliga, en la mayoría de los casos, a eludir el contacto directo con la piel, incluso en frío, para evitar una más que posible rotura de la bombilla.

 

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Por último, es evidente que las bombillas LED también presentan algunos inconvenientes en este sentido, aunque aquí el mito y la leyenda vuelva a hacer acto de presencia de un modo recurrente. Por ejemplo, al contrario de lo que se suele comentar en algunos ambientes y círculos de opinión, más o menos interesados, no es cierto que las bombillas LED contengan mercurio. Nada más alejado de la realidad. En cambio, sí es cierto que también las bombillas LED deben ser tratadas como residuos especiales cuando termina su vida útil, ya que también contienen otros materiales contaminantes. Sin embargo, su durabilidad es más alta que la de otros tipos de bombillas, y superan a las bombillas de bajo consumo, por ejemplo, en más de un 40 % respecto al aprovechamiento de la energía.

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